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La última hazaña del Orellana
Vanesa Castro Salamanca
23 de diciembre 2024 , 12:00 a. m.
23 de diciembre 2024 , 12:00 a. m.
La última hazaña del Orellana
Un colegio bilingüe —a dos horas de Leticia en bote— es considerado el mejor del Trapecio Amazónico.
Jaime Honorio González - Especial para EL TIEMPO
La lancha tiene un motor Suzuki fuera de borda de 150 caballos de fuerza, no parece que fuera muy rápido y solo estando a bordo, uno se da cuenta de la fragilidad de la nave.
Va deslizándose sobre el espejo del Amazonas y lleva a Jesús, un niño de doce años, rumbo a su colegio. No está en la italiana Venecia, es la colombiana Santa Sofía; no es el Adriático, es el Trapecio Amazónico; no es el vaporetto, es un bote de 15 metros que hace de ruta escolar.
A él y a otros 13 estudiantes de esa comunidad les faltan dos horas de navegación para llegar a su colegio y apenas son las cinco de la mañana. Es un pedazo de país que existe y que casi nadie conoce. Ni a muchos tampoco les importa. Mientras tanto, algunos en las grandes ciudades se quejan por todo. Y por nada.
En 1542, un citadino del siglo XVI salió de Quito y —dos años más tarde— terminó descubriendo el Gran Río, navegándolo hasta su desembocadura, donde luchó por dos días contra las olas que se forman cuando el majestuoso se estrella contra el Atlántico.
Y después enfrentó ataques indígenas, incluidos los librados contra gigantescas mujeres que les recordaron a algunos las mitológicas amazonas de los relatos de guerra griegos, exaltadas precisamente por su gran tamaño y por disparar certeramente flechas envenenadas y mortales dardos desde sus arcos y sus cerbatanas… Así que, en su honor, los sobrevivientes decidieron llamar al mar de agua dulce, río Amazonas.
Por ese mismo río, Luz Adriana también llega al colegio. “El que quiere, puede”, afirma sin dudarlo la orgullosa estudiante que se graduó hace unos días de bachiller, junto con otros 51 alumnos. Nada parece detenerla. “Sin importar lo que sea, hay que cumplir los sueños y salir adelante, así uno tenga miedo, así las cosas sean difíciles, porque la vida es así, nada es fácil, todo hay que lucharlo”.
Desde siempre, por allá todo hay que lucharlo. El conquistador, pacificador, regidor, capitán general y teniente Francisco de Orellana, extremeño de pura cepa y valiente soldado al leal servicio de su majestad don Carlos V, aunque ya había fundado varias poblaciones y participado en diversas matanzas, tenía apenas 31 años de edad cuando sin saberlo —apenas al mando de unas decenas de hombres— navegó desde su nacimiento hasta su final uno de los ríos más largos del planeta y —eso sí— el más caudaloso de todos, que bota 209.000 metros de agua por segundo, y que en temporada húmeda puede llegar a 48 kilómetros de ancho. Dato verificado.
Antes, el colegio era una suma de unas pocas construcciones en madera, que hacían las veces de salones de clase, y una de las primeras obras civiles ejecutadas consistió en derrumbarlos.
“La preocupación era dónde iban a estudiar los niños porque ya se habían tumbado todos los salones de madera”, contó la vicekuraka del resguardo indígena de Macedonia, Miriam Rodríguez, exalumna de la institución en tiempos de aquellas viejas aulas y ahora madre de familia y líder de su comunidad, que también luchó a brazo partido por evitar que —así estuvieran en medio de la selva del Amazonas—la construcción se convirtiera en un elefante blanco. Estaba segura, de eso no hay por allá.
Días felices
El colegio Francisco de Orellana está en la mitad de la selva, en el Amazonas. 
Zizza Limberti / Contraloría
Jesús llegó pasadas las siete. A tiempo. Junto con los otros 22 pasajeros, todos menores de edad, desembarcó de un salto en el remedo de muelle que hay frente a su escuela, levantó la mirada y se maravilló con lo que vio.
Le pasa siempre, de lunes a viernes, desde que se le aparece en su horizonte la colorida construcción que emerge orgullosa en la ribera izquierda del gran río y a él lo invade una indescriptible sensación de felicidad. Acaba de llegar al mejor colegio del Trapecio Amazónico, dicho por propios y extraños: el Francisco de Orellana. Aunque él, aún no sepa quién fue ese señor.
“Era poner de acuerdo a FFIE (Fondo de Financiamiento de la Infraestructura Educativa), Ministerio (de Educación), Gobernación (del Amazonas), particulares, padres de familia, rectores e incluso los kurakas, los líderes indígenas, era ponerlos a todos en una misma vía”, contó Johanna Ossa, la contralora provincial de Participación Ciudadana del Amazonas, mientras explicaba algunas de las razones por las cuales la construcción de 2.162 metros cuadrados no terminó consumida por la selva después de más de cuatro años de abandono y —por el contrario—ahora es la causa de la diaria felicidad de Jesús, el pequeño estudiante de sexto grado que viaja a diario en el bote-ruta de su casa al colegio dos horas de ida y dos de vuelta.
Así es, la diaria felicidad de Jesús y de 546 niños más, de los cuales 243 vienen en los botes escolares desde increíbles lugares como la isla de los Micos o de sitios mágicamente lejanos como Santa Sofía.
“Yo nací en Santa Sofía y a mí me tocó irme a estudiar a Leticia —a cuatro horas en lancha— y la universidad en Bogotá… En este momento ya no es necesario porque hay sedes de universidades en Leticia y hay sedes de bachillerato en la ribera del río Amazonas, como el Orellana”, narró Celso Pineda, profesional del Grupo de Participación Ciudadana de la Contraloría del Amazonas y experto navegante producto de aquellos años de estudio lejos de casa en su pequeña comunidad.
Por fortuna, el colegio en Macedonia le cambió la vida a sus estudiantes tikunas, yaguas, huitotos, mirañas o tañemucas que descubren el comienzo del día cada mañana y se van todas las tardes con el sol a sus espaldas.
Porque la Institución Educativa Francisco de Orellana, además de ser la mejor de la zona, es bilingüe. “Sí, correcto, es un colegio bilingüe, pensaría yo que es pluricultural porque acá domina el tikuna, domina una parte kukama, domina la parte del portugués y están prácticamente recuperando el potencial de la lengua castellana”, aseguró el licenciado Fredy Córdoba, rector del Colegio desde hace unos meses, cuando —para su felicidad—debió dejar sus lecciones de matemáticas y asumir el reto que hoy ostenta.
Será todo un megacolegio cuando le instalen fibra óptica y paneles solares y tengan dos botes-ruta más, como lo prometió un ministro. Pero, aunque no lo crean, el Francisco de Orellana es una muy seria institución educativa, clavada en la mitad de la selva y a la que se llega navegando desde Leticia dos horas río arriba.
Sus nuevas instalaciones albergan 15 salones, tres aulas polivalentes, 18 baños, una capacidad instalada para 600 alumnos y una de las mejores vistas que pueda tener estudiante alguno, la misma que —a bordo del bergantín Victoria— tuvo el explorador español cuando pasó justamente por allí hace 482 años, lugar que ahora se llama exactamente Macedonia y que desde antes es el hogar de una comunidad indígena tikuna, experta en la pesca artesanal, la talla de madera y el tejido de palma, que ha sobrevivido a las epidemias, las guerras con otras etnias y la esclavitud de los comerciantes en tiempos pasados. Y sobre todo, al abandono.
Salvando obras
Aunque, esta vez, no sucedió así. Esta vez, todos ellos decidieron actuar unidos y luchar por una causa común, más que por su colegio, el Orellana, por la posibilidad de mantener viva la puerta al conocimiento, que los mantiene a flote, que les permite preservarse como pueblo, que les ayuda a evitar que su lengua desaparezca, y que les da el derecho a seguir siendo parte de esta nación, en una de las más hermosas como desconocidas esquinas de Colombia, al sur, muy al sur, donde todo es verde, donde hay cielos inolvidables y tormentas perfectas, donde el río parece un mar, donde se encuentran tres naciones y —sin embargo— todos hablan el mismo idioma. Sí, allá muy lejos, pero parte de este país, al fin y al cabo.
Y allá lejos también llegó la Contraloría. Y en distintas oportunidades. Porque la obra estuvo detenida en el tiempo por varios años mientras la selva comenzaba a tragarse los cimientos que alcanzaron a plantarse. Los errores en la contratación, la pandemia que también se paseó por allí, y la sequía que por mucho tiempo redujo de forma considerable el caudal del Amazonas, impidiendo la llegada de materiales necesarios para la obra, hierro, cemento, vigas y demás, casi logran su cometido de sumirla en el olvido.
La contralora Ossa resume el largo proceso así: “La Contraloría citaba las mesas de diálogo, todos acogían el llamado, buscaba ponerlos de acuerdo en razón de un compromiso, se suscribían los compromisos, se hacían los seguimientos permanentes y visitábamos la obra hasta que todo se cumpliera”.
Y como no hay mal que dure cien años, después de un largo lustro de espera, el pasado 26 de septiembre —gracias a la decidida gestión de la Contraloría General de la República, a la tenacidad de la comunidad indígena y al liderazgo de los veedores que tocaron puertas hasta hacerse escuchar— el colegio bilingüe Francisco de Orellana finalmente funcionó.
En las orillas, en los botes, en las comunidades, de vez en cuando se escuchan pedazos de la historia que en la selva comienzan a llamar ‘La última hazaña del Orellana’: la de haber evitado que la selva se lo tragara y el corrosivo olvido finalmente lo enterrara, como le sucediera al famoso conquistador que el mejor colegio del Trapecio Amazónico tuvo a bien honrar con su pomposo nombre.
Los colores de la felicidad
El CDI Luz de esperanza, de Arjona, Bolívar, este año finalmente comenzó a funcionar.
Zizza Limberti/ Contraloría
Gracias al trabajo conjunto de los veedores ciudadanos y la Contraloría General, el CDI Luz de esperanza, de Arjona, Bolívar, finalmente comenzó a funcionar. La obra estaba programada para hacerse en dos años. Pero tardó ocho.
El lugar más feliz de todo Arjona, un ardiente municipio ubicado al norte del departamento de Bolívar, queda a las afueras del pueblo, medianamente escondido. Es una nueva construcción, con pasillos amplios, con salones aireados y con un interesante proyecto pedagógico debidamente justificado, que se basa en la colorimetría. Por eso, cada espacio tiene justificado su propio color.
“A través de esta edificación que tiene cristales, estamos jugando con el color. Cuando el color es atravesado por la luz natural, ejerce unas emociones positivas en el cerebro de los niños y de las niñas”, cuenta la coordinadora pedagógica del Centro de Desarrollo Infantil Luz de esperanza, que atiende a por lo menos 320 niños de familias de muy pocos recursos y quienes viven en zonas periféricas, pero que encontraron allí la solución a todos sus problemas. Por lo menos, los importantes, como quién cuide a sus hijos en ambientes seguros mientras trabajan, que los alimenten como es debido, que les enseñen sus primeros pinos y que en las tardes se los devuelvan felices de la dicha y completamente agotados de todo lo que han corrido, aprendido, jugado y dormido durante el día.
Claro que esto no siempre fue así. Es más, durante cerca de ocho años, el color predominante fue el gris del abandono y ni siquiera estaban correctamente terminadas las ahora coloridas paredes. La obra había comenzado en 2016 y se quedó congelada en el tiempo con problemas en la infraestructura y sin las respectivas instalaciones eléctricas, de gas natural y el servicio de agua. Pero, finalmente, este año se pudo completar todo lo programado para atender a la población.
“A través de su programa Compromiso Colombia, recuperación de elefantes blancos, hizo que el departamento colocara en funcionamiento este CDI”, dijo Osvaldo Moreno, uno de los líderes de la veeduría ciudadana ¡Arjona, basta ya!, quien, de la mano de la Contraloría General de la República, logró que la obra no se quedara inconclusa y ahora sea el lugar más feliz de toda la región.
El orgullo de Cartagena
El nuevo colegio le cambió la vida a los habitantes del Ricaurte, en Cartagena.
Zizza Limberti / Contraloría
Más de 1.800 estudiantes van a diario al nuevo San Felipe Neri, el megacolegio ubicado en el popular barrio Olaya de Cartagena, que tardó casi diez años en terminarse de construir aunque estaba proyectado para cuatro.
El nuevo colegio le cambió la vida a los habitantes del sector Ricaurte, en el tradicional barrio Olaya, en la Cartagena profunda. Sus habitantes vieron crecer el elefante blanco de 6.493 metros cuadrados, resignados a su triste suerte. No todos, por supuesto.
“Fueron diez años de lucha en que las personas de esta comunidad, los líderes, las lideresas, las juntas de acción comunal, todas las personas se organizaron para que a partir de esos esfuerzos que ellos empezaron a hacer desde hace tanto tiempo hoy en día esto sea una realidad”, cuenta Armando Anaya, el feliz rector del gigantesco colegio que atiende estudiantes en la mañana, en la tarde y en la noche.
La lucha fue sin cuartel, tal como lo explica Adalberto Peralta, veedor y presidente de la Junta de Acción Comunal del barrio Olaya - sector Ricaurte: “Fue una odisea, aquí los padres de familia, los líderes comunales, los dirigentes del barrio tuvimos que salir a las calles para que nos pudieran escuchar”. Salieron a diario, marcharon, protestaron y tocaron puertas, hasta que una de ellas se abrió.
Desde que la obra inconclusa ingresó al programa Compromiso Colombia, la Contraloría General se dedicó en cuerpo y alma a poner de acuerdo a los contratistas con la Alcaldía de la ciudad y la Gobernación de Bolívar. Y aunque sin pausa, poco a poco todos empezaron a jalar para el mismo lado, hasta que a mediados de este año, en un soleado lunes de julio, el San Felipe Neri revivió. “Este es el mejor colegio de Colombia, sin duda, sin duda es el mejor colegio de Colombia y en un barrio marginado”, lo grita a los cuatro vientos el veedor Peralta.
El San Felipe, que costó casi 24.000 millones de pesos, tiene 34 aulas, una gran biblioteca, un salón de bilingüismo, otro de tecnología con 40 computadores, canchas deportivas, zonas lúdicas y barandas amarillas, todo nuevo. Y alimentación incluida.
“Mi vida aquí ha sido feliz, ha sido tranquila… Mis mejores tiempos han sido aquí”, confiesa Tatiana Medrano, la contralora estudiantil que acaba de graduarse como bachiller del San Felipe Neri, el orgullo de los cartageneros que por casi una década soportaron —de forma heroica— que les terminaran de construir su nuevo colegio.
El Labouré: historia de una tradición
El colegio cuenta con patio nuevo, 30 salones, biblioteca, laboratorio integrado, entre otras.
Zizza Limberti / Contraloría
La historia de la Institución Educativa Labouré también comienza con buenas intenciones, sigue con desidia, problemas y abandono, continúa con la lucha de la comunidad y la intervención de la Contraloría General y —por fortuna— termina con final feliz.
El Labouré queda en pleno centro de Santa Rosa de Cabal, en el departamento de Risaralda y propios y extraños terminan gratamente sorprendidos con lo bonita, funcional y bien hecha que quedó la nueva edificación.
“Del infierno al cielo, definitivamente, porque antes trabajábamos de una manera terrible, teníamos jornada especial, teníamos periodos de 50 minutos, trabajábamos en varias sedes, los docentes tenían que correr, ir, venir”, cuenta Nubia Bedoya, la feliz rectora.
Ahora, todos están en un solo espacio, con 30 salones de clase, biblioteca, aula de bilingüismo, laboratorio integrado, aula de tecnología, aula polivalente, aula múltiple, baños suficientes, cocina, comedor y patio nuevo.
Aunque no siempre fue así. La pelea por rescatar del abandono al Labouré comenzó también hace tiempo. “Cada que había una reunión, más o menos mensual, cada dos meses, con la Contraloría se veía qué faltaba por construir; y para el próximo mes que nos reuníamos, ya decía: bueno, se hizo o no se hizo y por qué no se hizo, fue demasiado importante”, dice el exprofesor de Educación Física y después veedor ciudadano José María Hincapié, uno de los más felices con el nuevo colegio, que sudó la gota gorda durante años, tocando puertas, insistiendo, yendo y viniendo… Hasta que encontró aliados.
Los funcionarios de la Contraloría gestionaron nada menos que 23 mesas de diálogo, donde sentaron al Ministerio de Educación, la Gobernación de Risaralda, la Alcaldía de Santa Rosa de Cabal, el Fondo de Financiamiento de las Infraestructura Educativa, los contratistas, los veedores ciudadanos y los directivos del colegio para tratar de ponerlos de acuerdo en que el único y el mejor camino para todos era el de hacer acuerdos realizables y cumplir cada uno de los compromisos. Pues bien, la estrategia funcionó.
“Tenemos aulas iluminadas, buena conectividad, espacios adecuados para el encuentro, laboratorios, biblioteca y todo aquello que contribuye al proceso formativo”, concluye el docente Halet Liascos, justo antes de ir a uno de los salones del nuevo Labouré de 4.681 metros cuadrados, que costó 18.500 millones y que desde diciembre de 2023 engalana la señorial Santa Rosa de Cabal.
Del puente para allá
Por el nuevo puente cruzan rápidamente y sin problema más de 40.000 vehículos al día.
Zizza Limberti /Contraloría
El famoso puente de Juanchito —sobre el río Cauca— al otro lado de Cali, se convirtió en un dolor de cabeza para quienes lo transitaban a diario. Sin embargo, la insistencia de la comunidad, la lucha de los veedores y la gestión de la Contraloría General lograron que la nueva obra fuera una realidad.
A medida que crecía su fama, gracias a la canción que terminó por inmortalizarlo, el puente de Juanchito fue quedándose cada vez más pequeño. Así que fue necesario construir uno más grande y por eso, hace diez años, comenzaron las obras pues el paso del puente para allá y del puente para acá se convirtió, sencillamente, en un verdadero suplicio para quienes debían cruzarlo.
“Mañana, tarde y noche eran unos trancones horribles, uno a veces salía del romboy con la última vuelta, diga usted a las ocho de la noche, entraba aquí a las nueve y media, diez de la noche, ya sin ánimos de salir uno a voltiar más”, aseguró Sady Lopera, el dueño de un viejo Jeep Willys, quien lleva más de 15 años como conductor de servicio público.
El drama también lo padecían taxistas, pasajeros, motociclistas, camioneros, transportadores, todos, tal como lo expresó el veedor ciudadano del puente de Juanchito, Jesús Camacho: “Estaban jugando con la dignidad de las personas, usted someter a alguien a que se mamara ese trancón con el calor de Cali a las cuatro de la tarde, de verdad que inhumano es poco”.
El contrato se firmó en 2014 y seis años después, apenas había unas obras pequeñas abandonadas y la idea de comprar algunos predios. Y no más. Pero, la insistencia de los veedores, el apoyo de la comunidad y la intervención de la Contraloría cambiaron el destino de la obra. Entonces comenzó un trabajo conjunto para solucionar problemas, fijar metas y cumplir compromisos; y mediante la figura de la amigable composición, se logró destrabar la situación. Por eso, desde el último domingo de junio pasado, por el nuevo puente cruzan rápidamente y sin problema más de 40.000 vehículos al día. “El nuevo puente tiene un ancho de 12 metros con 70 centímetros aproximadamente, con dos vías de doble calzada y un largo de 200, pero afecta una zona de 800 metros”, explicó el gerente de la Contraloría General en el Valle del Cauca, Hernando Tejeda.
La solución vial terminó beneficiando de forma directa a cerca de un millón 800.000 personas, entre habitantes de la zona —que ha mostrado un inusitado desarrollo urbanístico— y también de Cali, Candelaria y Palmira. “La ventaja del nuevo puente es que nosotros nos estamos ahorrando más o menos dos horas de labor, por lo que antes —por los trancones— todos circulábamos por la misma parte. Ahora no, ahora nosotros plácidamente le cumplimos al público hasta las diez, diez y media de la noche”, afirmó el motorista Lopera.
Atrás quedó el padecimiento del eterno trancón del viejo puente, estrecho, pequeño, inútil… Ahora, el nuevo puente de Juanchito vuelve a ser la referencia geográfica inmortalizada en el estribillo que todos tararean mientras cruzan velozmente por el famoso lugar.
Más Contenido*. Un proyecto de Contenidos Editoriales Especiales de EL TIEMPO con el auspicio de la Contraloría General de la República.