'Mercenarios’, la historia no contada del asesinato del presidente de Haití

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'Mercenarios’, la historia no contada del asesinato del presidente de Haití

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12 de marzo 2025 , 10:59 p. m.

12 de marzo 2025 , 10:59 p. m.

'Mercenarios’, la historia no contada del asesinato del presidente de Haití

El periodista Luis Carlos Vélez relata en el libro detalles del crimen, por militares (r) colombianos.

Luis Carlos Vélez

El olor a gallinaza es penetrante y tiene la capacidad, como mucho de lo malo, de quedarse impregnado en la ropa y en la mente de quien ha estado en contacto con ella. Esa repugnante sensación de rodearse de excrementos de gallina no es fácil de olvidar: marca y permanece. ¿Tendrá que ver con que su olor se parece al excremento de los humanos? Es probable. Ese olor intenso a desperdicio estará presente en mucho de esta historia, unas veces como condena y otras como salvavidas.

Duberney Capador olía literalmente a mierda y de esa misma manera percibía la vida en 2021, en medio de la pandemia. Llevaba dos años trabajando en una finca en Calarcá, Quindío, tan linda como olorosa. Había encontrado en ese lugar una oportunidad para sacar adelante un nuevo emprendimiento, un gallinero y un cultivo de peces, con la esperanza de comenzar una vida distinta. Sus días en el Eje Cafetero transcurrían lentamente, como se acostumbra en ese lugar. Mientras el sol se escondía tras las montañas, su resplandor parecía acariciar la textura verde del campo principalmente ocupado por matas de café que se resguardaban en largas y gruesas hojas de plátano. A las cuatro y treinta de la tarde, más o menos, Capador terminaba su jornada y entraba en una lenta agonía.

En medio de esa danza del sol entre las hojas y su repaso sobre la tierra, Capador aprovechaba para pensar. En esos atardeceres su mente se cuestionaba y los problemas salían como fantasmas de las tupidas montañas para convertirse en monstruos que acechaban sus pensamientos. ¿Por qué el destino es tan duro con algunos? era una pregunta recurrente que se hacía Capador, el más centrado de los soldados en esas frescas tardes en las que el mundo parecía ponerse en pausa. ¿Por qué, aunque tuvo una carrera militar impecable, su única esperanza de salir adelante dependía del estrecho y nauseabundo camino de la mierda de las aves?

Los años 2021 y 2022 fueron especialmente difíciles para el exsargento que vivía encerrado en su mundo. Una separación, que algunos cuentan fue dolorosa, lo llevó a tomar la decisión de resguardarse en la finca, al lado de su mamá. El dinero escaseaba y necesitaba encontrar un lugar barato que le permitiera volver a empezar y cuidar a su madre, quien siempre había sido un gran soporte para él. La preocupación de cómo salir adelante lo embargaba y, por eso, decidió dedicar su vida a las gallinas y a los peces que comían más de lo que producían. “Malditos peces”, se le escuchó maldecir varias veces frente a sus amigos. El Quindío era un oasis, pero también un infierno de angustias, soledades, traumas de una vida intensa de victorias militares y, a la vez, de derrotas personales.

A Capador la vida de campesino lo desesperaba. No fue fácil dejar de ser un soldado activo, de los mejores del país, a tener que esperar resultados durante meses. Ser militar y ser campesino es pararse en dos esquinas diametralmente opuestas: mientras el militar está entrenado a reaccionar con eficacia y precisión a las órdenes para obtener resultados inmediatos, el campesino cultivador sabe que una hoja se toma días en germinar y que las cosechas, en el mejor escenario, se dan dos veces al año. Y la virtud de Capador no era precisamente la paciencia. Si el día era largo entre sus labores, la noche era aún más desesperante, era el momento en que su cabeza le hablaba más duro que la estridulación de los grillos en la oscuridad.

Cuando la última luz del corregimiento se apagaba, retumbaba en su mente la explosión de las bombas, el sonido seco de los disparos que lo acompañaron durante sus 20 años de carrera en el Ejército colombiano y fantaseaba con su experiencia en las Fuerzas Armadas de Estados Unidos, momentos que lo marcaron como profesional y como un creyente de las instituciones y la defensa de la libertad y la democracia. Capador era el típico militar latinoamericano que se formó viendo series y películas de héroes que se hacen matar por defender su bandera. Pensaba que era increíble que alguien como él, que tan decidida y efectivamente le sirvió a su país, estuviera arrinconado por las afugias económicas que mantenían casi vacía la nevera de su casa. ¿Qué había hecho él para merecer esto? ¿Qué futuro le deparaba la vida?, se preguntaba con obsesión.

Precisamente, en una de esas madrugadas en las que se le imposibilitaba conciliar el sueño, con el canto del gallo aún retumbando en sus oídos, se le vino a la cabeza un nombre: Raúl Reyes. Capador había participado en el operativo que dio de baja al gran cabecilla de las Farc en Sucumbíos, Ecuador, en marzo de 2008, y aunque no daba detalles era su orgullo más grande, pues era una operación destinada solo para oficiales con proyección y verdaderos guerreros. Aun así, lo veía como un momento agridulce, por un lado sentía la satisfacción del deber cumplido y, por el otro, la decepción, el abandono y la aceptación de que las cosas nunca iban a volver a ser como antes. Vestido de campesino nadie recordaría su pasado como Héroe de la Patria. De nada servía ser uno de los hombres que dieron muerte al cabecilla más importante de la guerrilla si ahora no podía tener un empleo ni siquiera de guardia de seguridad, que es lo que buscan la mayoría de militares en retiro.

Una de esas mañanas, mientras cavilaba, lo cogió el día y su mamá, que caminaba desde muy temprano por la finca como un alma en pena sin que nadie sintiera sus pasos, fue a levantarlo:

—Mijo, se le va a hacer tarde para ir a ver las gallinas. Necesitamos que el negocio funcione. El mercadito se está acabando y no hay para la leche.

—Buenos días, madre —le contestó Capador con la frialdad que heredó de esa mujer paisa, que odiaba las zalamerías y los arrumacos.

Capador, al igual que ella, era poco expresivo, sabía que eso de andar por ahí repartiendo cariño podía traerle problemas, no tenía ni un céntimo para mantenerse a sí mismo, menos para mantener a nadie. Se acostumbró a la soledad. Además, ¿qué mujer se iba a acercar a un hombre oliendo todo el día a gallinaza?

De su carrera militar poco o nada quedaba en su cuenta de ahorros. Las gallinas y los peces eran su única apuesta. Sabiendo esto, apuró el desayuno y corrió al galpón a saludar a las gallinas. Prendió su viejo radio, la voz de los periodistas poco se entendía entre el cacareo de las aves en la mañana. Al lado del transistor había una hoja de vida sin terminar, uno de esos folletos proforma de fondo azul que se llenan a mano. Capador cogió un bolígrafo negro y empezó a completar la hoja de vida para enviarla a empresas de seguridad nacional y extranjeras en las que tenía ambición de trabajar. En la parte de “perfil profesional”, escribió: “Inicié mi carrera en dos batallones de infantería, estos me dieron la confianza para continuar en unidades de servicios especiales. Aprendí el manejo de la doctrina de combate irregular. Me hice experto en operaciones de asalto aéreo. Como maestro de soga inserté y entregué personal en operaciones de difícil acceso, siendo esta práctica una de mis especialidades. Como líder de grupo tuve la oportunidad de obtener mi primera medalla de orden público y eso me dio la posibilidad de viajar a Estados Unidos para lograr capacitaciones profesionales. En el Bloque de Búsqueda aprendí del combate urbano con manejo de armas cortas y aumenté mis conocimientos como agente de inteligencia”.

Duberney resumió su vida profesional en cuatro hojas en las que resaltó su paso en 2009 por la Escuela de las Américas, ubicada en el sur de Estados Unidos y fundada en 1946 con el objetivo de entrenar soldados de la región en técnicas de combate rural y urbano. Él fue uno de los pocos soldados colombianos en entrar a la base militar de Fort Benning, ubicada en la frontera de Georgia y Alabama, que es el “Disneylandia” para los militares de América Latina; y para los izquierdistas radicales, un centro de adoctrinamiento para asesinos de los regímenes abusadores que simpatizan con el todopoderoso Tío Sam (...)”.

El olor a gallinaza es penetrante y tiene la capacidad, como mucho de lo malo, de quedarse impregnado en la ropa y en la mente de quien ha estado en contacto con ella. Esa repugnante sensación de rodearse de excrementos de gallina no es fácil de olvidar: marca y permanece. ¿Tendrá que ver con que su olor se parece al excremento de los humanos? Es probable. Ese olor intenso a desperdicio estará presente en mucho de esta historia, unas veces como condena y otras como salvavidas.

Luis Carlos Vélez

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